Hay amistades que sostienen universos enteros por dentro. No llegan con música épica, ni con soluciones perfectas, ni con una carpeta titulada “plan maestro para recomponerte la vida”. A veces llegan con una nota de voz de tres o de 20 minutos (depende de la intensidad de cada una). O con un “¿estás en casa?”. O con un “te guardo un café”. Y otras veces llegan, simplemente, sentándose a tu lado mientras hablas en bucle de lo mismo por quinta vez. Sin prisa. Sin juicio. Sin necesidad de arreglarte.
Supongo que por eso hay frases que, cuando aparecen, suenan a una verdad. “Me salvan mis amigas”es una de ellas.
Mi obra “Ratalks save me a coffee” nace desde ahí. Desde ese lugar cotidiano y pequeño donde, sin darnos demasiada cuenta, la amistad se convierte en refugio. Está expuesta en Creatitis, dentro de la expo colectiva “Me salvan mis amigas”, y no podía imaginar un contexto más acertado para ella. Porque hay piezas que parecen llegar inspiradas por la magia del concepto.
Y esta venía hablando de café, de invierno, de ratas, de intimidad y de esa extraña y preciosa capacidad que tienen algunas personas para devolverte a ti misma cuando te habías quedado un poco lejos.

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ToggleTres ratas, un café y una conversación importante
La obra representa a tres ratas amigas y compañeras de viaje. Me gusta pensar en ellas como esas amigas que se han visto en varios grandes momentos de sus vidas, en la alegría, en los buenos momentos, en el caos, en la duda, en el cansancio, en la risa genuina y en los días en los que una no tiene una frase brillante, pero sí sabe que tiene ese sostén, llamado amiga.
Se reúnen en una tarde de invierno. Hay café. Hay charla. Hay ideas grandes sobre la vida y el mundo. O quizá ideas pequeñas que terminan siendo enormes, que es lo que suele pasar cuando una habla con sus amigas desde su esencia. Porque a veces el pensamiento más revolucionario no nace en una conferencia ni en un despacho impecable, sino en una mesa compartida, con una taza de café en la mano y la confianza que permite decir lo que todavía no se ha bajado a tierra.
Elegí ratas porque me parecen personajes maravillosos para hablar de comunidad, inteligencia, supervivencia y ternura. Sí, ternura. Esa que no necesita tener una forma más aceptada para ser profundamente humana. Las ratas se mueven juntas, se espabilan, encuentran caminos, resisten. Tienen algo de lo colectivo, algo de lo astuto, algo de lo que persiste aunque el mundo no siempre las mire con simpatía. Y eso, sinceramente, me parecía bastante potente.
También me interesaba escapar de una representación demasiado obvia de la amistad entre mujeres. Porque la amistad no siempre es una postal suave con luz dorada. A veces es desorden, verdad incómoda, agotamiento, ocurrencias a deshora, audios larguísimos y un “vente, que te guardo café” que en realidad significa “vente, que aquí puedes soltar eso que cargas, durante un rato”.
“Save me a coffee”: un juego de palabras y una gran verdad
El título, “Ratalks save me a coffee”, juega con la frase “save me a coffee”. En inglés, puede sonar a “guárdame un café”, pero también abre otra lectura: ese café compartido como experiencia que te salva.
Te salva en el sentido, que a veces más olvidamos, el sentido de ser conscientes, de hacer una pausa, sentarte con alguien que te ve, hablar de lo que duele o de lo que ilusiona, y salir de ahí un poco más ordenada, enfocada en tu camina. En compañía. Volviendo a recordar quién eres.
Me interesa mucho esa idea: que no todo lo que nos sostiene tiene que presentarse como algo espectacular. A menudo son los rituales sencillos los que nos mantienen unidas al mundo. Un paseo. Un café. Una sobremesa. Una conversación calmada. Una amiga que te escucha. Una risa que entra justo cuando estabas a punto de derrumbarte del todo.
Lo íntimo también sostiene lo colectivo
Que esta obra esté en una exposición titulada “Me salvan mis amigas” y, además, alrededor del Día de la Mujer, tiene una historia bien hilada. Porque hablar de las amigas no es solo hablar de afecto. Es hablar de red. De apoyo. De memoria compartida. De cómo muchas mujeres han podido atravesar momentos vitales, procesos creativos, maternidades, duelos, trabajos, crisis emocionales o reinvenciones profesionales gracias a otras mujeres que estaban ahí.
No siempre con respuestas. Pero sí con presencia. Y eso importa mucho.
Vivimos en una cultura que durante mucho tiempo ha puesto el foco en otros vínculos: la pareja, la familia tradicional, el éxito individual, la autosuficiencia como medalla. Mientras tanto, la amistad quedaba a veces en un segundo plano, como si fuera algo precioso pero secundario. Como si fuera un extra bonito, no una estructura esencial.
Y, sin embargo, qué cantidad de vida pasa por ahí.
¿Cuántas veces una amiga ha sido refugio, testigo, impulso, espejo, sostén?
¿Cuántas decisiones importantes se han pensado en voz alta entre cafés?
¿Cuántas veces una ha podido seguir porque alguien le dijo: “sí, yo también lo veo en ti, aunque ahora tú no lo veas”?
A mí me conmueve mucho pensar que la amistad también construye mundo. Que no es solo compañía emocional, sino un lugar donde ensayamos confianza, honestidad, cuidado, humor, límites y verdad. Un espacio afectivo donde aprendemos a existir con otras sin tener que rendir, demostrar o encajar en una versión más pulida de nosotras mismas.

El arte como lugar donde decir: esto también importa
Una de las cosas más bonitas del arte es que permite poner imagen y cuerpo a cosas que muchas veces sentimos, pero no formulamos del todo. Crear una obra sobre amigas tomando café puede parecer algo sencillo a simple vista. Y, sin embargo, a mí me parece que ahí vive una parte enorme de la experiencia humana.
No todo lo importante tiene forma de gran hazaña. A veces lo importante tiene forma de mesa, taza y conversación.
A veces lo importante se parece a una escena mínima donde nadie está posando para parecer fuerte, productiva o impecable. Donde simplemente se está. Y se comparte. Y se piensa juntas. Y se hace hueco a lo que una trae.
Quería que esta obra celebrara eso. Con calidez, sí. Con humor, también. Porque hay algo muy bello en reconocer que nuestras salvaciones más frecuentes a veces llevan bigotes, cola larga y ganas de cafés, para seguir rodando en la rueda a tu ritmo».
Y quizá por eso el lenguaje visual de la pieza no busca una épica heroica, sino una intimidad reconocible. Algo que diga: aquí hay hogar, aquí hay vínculo, aquí hay conversación viva. Aquí hay una escena que puede parecer pequeña, tamaño rata, pero en realidad sostiene muchísimo.
Estar en Creatitis y formar parte de algo compartido
Exponer esta obra en Creatitis, dentro de una expo colectiva nacida de convocatoria abierta y con tantas artistas participando, tiene un significado especial. No solo por la oportunidad de mostrar la pieza, sino por la resonancia del conjunto. Cuando muchas voces crean alrededor de una misma idea, sucede algo muy bonito: el tema deja de ser solo una consigna y se convierte en un cuerpo vivo, lleno de matices.
Que tantas propuestas hayan respondido a “Me salvan mis amigas” dice mucho. Dice que el tema toca. Que atraviesa. Que no es una frase lanzada al aire, sino una experiencia compartida por muchísimas personas. Y eso, para mí, tiene una fuerza enorme.
También me gusta pensar las exposiciones así: como espacios donde una obra conversa con otras, donde una pieza no está sola, donde el sentido se expande porque aparece al lado de otras miradas, otras formas, otros símbolos. Como en la amistad, vaya. Nada demasiado individualista por aquí.
Una invitación a mirar, votar y, quizá, llevarte la pieza a casa
Si esta obra te resuena, puedes pasar por Creatitis a ver la exposición, conocer el trabajo de tantas mujeres artistas que están creando cosas preciosas, potentes y muy vivas, y también votar la pieza para que pueda ser Titi residente.
Y si al verla sientes ese clic, ese pequeño “tilín” interno que ya sabemos reconocer, también está la posibilidad de adquirirla y llevarla a tu espacio. Me gusta pensar que algunas obras encuentran casa así: no solo como objeto decorativo, sino como recordatorio de algo importante. En este caso, de que hay vínculos que sostienen, cafés que abrigan y amigas que, de formas muy distintas, nos salvan, de alguna forma, la vida.
La expo está en Creatitis, C/ Hernán Cortés, 9, Madrid.
Y cierro con una pregunta que me encanta porque abre historias: ¿Cómo sientes que te salvan tus amigas?
Quizá te salvan escuchándote.
Quizá haciéndote reír cuando estabas dramática y merecidamente metida en tu cueva.
Quizá recordándote quién eres cuando tú te habías despistado.
Quizá guardándote un café.Y sí. A mí, muchas veces, me salvan mis amigas. ¿Y a ti?
Aquí puedes ver el vídeo de cómo fue la inauguración, ese primer día en el que las piezas dejaron de estar solo en la cabeza, en el estudio o en el corazón, para encontrarse con miradas reales, conversaciones bonitas y mucha vida compartida.Y aquí puedes ver otro vídeo con algunas de las personas que vinieron a disfrutar la expo y a votarme, porque una obra también se completa cuando alguien la mira, se ríe, se emociona o se reconoce un poco en ella.
Gracias a todas las personas que se han pasado, que han votado, que han comentado, que han sostenido esta pieza con su mirada y su cariño. Y también GRACIAS INFITINAS a las chicas de creatitis, Ana y Tatiana, dos cracks, emprendedoras y artistas, que han hecho posible esta expo y que me hayan seleccionado para participar. Porque tras crear la obra, su existencia continua, cuando encuentra esos ojos que la miran.

